Entonces empezamos a rebuscar por los cajones, por los armarios y debajo de la cama. Encontramos una caja muy vieja, recubierta de polvo, cuando de pronto volvió mi abuela de la compra y escondimos debajo de la cama el misterioso objeto.
Días después interrogamos a mi abuela, que accedió a mostrarnos el contenido de la extraña caja. Pegamos un respingo cuando la abrió. Era una muñeca horrible, tuerta, le faltaban dedos en las manos y tenía el vestido rasgado. Sentimos terror, sobre todo cuando añadió:
-¡Esto sera para una de vosotras!- dijo mi abuela con la muñeca en la mano. Un escalofrío nos recorrió la espalda solo de pensar en tenerla dentro de casa.
Gracias a dios le tocó a mi prima. Desde entonces no me quedo jamás a dormir en su casa.
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